EZEQUIEL WOLF

lunes, 14 de mayo de 2012

Abrazar.

Alguien dijo una vez que librarse a los brazos de otro, podría llegar a desmaterializarlo todo. Idiota. Cómo pudo decir semejante cosa. Como si acaso el abrazo fuese capaz de desintegrar, y por lo tanto construir el debate entre volver o no a su propio cuerpo después de jugar a perderse ahí dentro en la fuerza irreal, suprasensible, suprarreal, la visión cegadora, la sublimación invencible. Por favor
¿Qué es el abrazo? Precisamente eso. Esa sensación. El abrazo fuerte, el abrazo con el alma. El abrazo. La imagen de la cópula donde dos cuerpos se amalgaman y ya no hay brazos porque se han vuelto un todo envuelto entre sí.
Entrebrazos, a los brazos, el acto conjunto en si mismo, como un ritual, un sacrificio, la ceremonia de la entrega ajena y propia. Abrirse con los brazos de otro, en otro, y así también sentir cómo se abre en uno también, una puerta, una ventana, un corazón tan extraño, una llave, entre manos, entre dedos, en rumores subterráneos.
A mí en lo personal me gusta abrazar con las piernas, entre las piedras, la tierra entrelazada, enmarañado, enlazar las voces y la piel en estaciones que lloran y embarrarme con la tierra mojada, enraizado…¿Por qué no? ¿Cuántas maneras hay?, ¿Cuántas formas? ¿Es que acaso buscamos la paz florida de la diversidad, de los COLLAGES y las mixturas o la muerte dosificada en serie de los cementerios?...

Página 26 de Retazos de la casa del viento.
Ezequiel Wolf, 2009.


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