EZEQUIEL WOLF

miércoles, 10 de julio de 2013

Salud! Antes qué? Los Libros.

– Bueno Dante la cosa es así.
Este es uno de esos libros a los que quiero mucho.
Lo quiero porque si.
Lo quiero por su nombre.
Lo quiero porque está usado.
Lo quiero porque antes que yo, ya lo había leído mucha gente.
Mirá, tomá, abrilo, respiralo.
Sentí las otras manos, los otros ojos, los otros dedos, las otras historias, las otras vidas que se han atravesado por aquí–
Dante la miraba con asombro, pero también con miedo.
Cassandra y los libros pensó; –eso debería ser escrito alguna vez –  se dijo para si, sin escuchar todo lo que ella le contaba lo que le decía, lo que le proponía. Dante se enredó en esa idea de que él fuese quien escribiera sobre ella, Cassandra, y sobre todo sobre ella y su relación con los libros.
Se imaginó sentado frente a ella grabándola para después desgrabarla y descular si acaso como Borges se figuraba el Paraíso bajo la especie de una biblioteca.
Pensó en hacerla hablar sobre la biblioteca de la casa en la que vivió cuando era chica, la biblioteca de padres, bibliotecas de amores y amigos, de su relación con ellos, con los libros, con los padres, con los amigos, del amor y del odio.
De cómo llegó a tener hasta ocho o nueve ejemplares de un mismo libro, y él haciendo un libro sobre ella y los libros, o los libros, pensó él hasta que una lengua tierna y dulce lo despertó caminándole por el cuello y el lóbulo de la oreja derecha, y entonces se despertó del hechizo de haber respirado el libro que Cassandra estaba por pedirle que él se lo dedicase a ella y ella, en el otro lado del libro se lo dedicaría a él, para así poder compartirlo los dos en este mundo en el que las cosas con los años pierden aquella irrealidad.
-Bueno- dijo Dante- perfecto yo te lo dedico y vos me lo dedicás a mí pero primero destapamos alguna bebida espirituosa, en botella obvio, para dar lugar a este bautismo, a esta iniciación, a este ritual de sueños jadeantes-.
– Dale –   dijo ella. – ¿Te parece un vino que entibie todo? –  
– No bombona, –  dijo él, y sacó de su mochila una botella de caña que cargó en su mano izquierda por toda la casa hasta encontrar dos copas pequeñas para servir una medida a cada uno.
Y así embebidos entre manos, sexo, cuerpo, vida, besos, tiempo, alcohol, amanecieron a la mañana siguiente juntos cuando el sol les arañó la cara por entre la persiana americana, y Dante tratando de bajarla desde el suelo y arrojando una zapatilla desde el otro lado del comedor, sólo consiguió darle Play al botón de Play de la compactera que hacía días  estaba en pausa, y entonces largó a rodar una inconmensurable canción.
Salud!


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